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lunes, 21 de noviembre de 2011

Contaminación.

Pasaron ya ocho meses desde que un tsunami casi provoca la fusión de un reactor nuclear la central de energía atómica Fukushima Daiichi. Y en todo Japón hay datos sobre el nivel de contaminación provocado por la peor crisis nuclear del mundo en 25 años. Sin embargo, ninguno de esos detectores o su información señala a sus usuarios cuánto deberían preocuparse. La crisis dejó al desnudo la ausencia de consenso científico y social sobre el peligro que implican las radiaciones, lo que está debilitando la ya deficiente respuesta al desastre porque el liderazgo está dividido y la gran burocracia a menudo entorpece la tarea.
La incertidumbre sobre los riesgos ligados a la radiación no es un problema sólo para Japón. Las plantas atómicas de todo el mundo envejecen con rapidez, y se están construyendo otras en países en desarrollo donde en general hay poca supervisión pública y altos niveles de corrupción.
Por un lado, los analistas sostienen que el exagerado temor a las radiaciones detendrán el desarrollo mundial de plantas nucleares, lo que desacelerará el crecimiento económico y aumentará la contaminación y el calentamiento global provocados por los combustibles fósiles. Por el otro, los expertos acusan a la industria nuclear y a los funcionarios públicos de restar importancia a los peligros.
En mayo, el investigador especializado en seguridad radiactiva Toshiso Kosako renunció como asesor científico del primer ministro de Japón después de que el gobierno decidió fijar el límite de exposición para escuelas en 20 millisieverts (mSv) anuales, un nivel normalmente aplicado a los trabajadores de la industria nuclear. "Es inaceptable aplicar esta cifra a bebés, niños pequeños y alumnos de escuelas primarias", se quejó el profesor Kosako.
Pero Wade Allison de la Universidad de Oxford señaló que el nivel de 20 millones de mSvv anuales fijado para ordenar una evacuación podría elevarse sin riesgos de seguridad porque la principal amenaza a la salud de la crisis de Fukushima Daiichi es "el temor, la incertidumbre y la evacuación impuesta."
Detrás de estas fuertes diferencias está la falta de claridad sobre los efectos de la radiación en el organismo humano a dosis inferiores a 100 millones de mSv por año, nivel en que es evidente un incremento en los casos de cáncer, según estudios epidemiológicos. El profesor Allison y muchos otros científicos creen que, debajo de un cierto umbral, la radiación probablemente no dañe la salud en lo más mismo. Sin embargo, la creencia general es que aún dosis muy bajas conllevan cierto peligro, aunque todavía no se puede saber en qué medida.
Como resultado se establecieron topes altamente preventivos para la exposición a la radiación artificial, tales como el estándar de seguridad internacional de sólo 1 millisievert anual. Ese nivel es 50% menor a la exposición que recibe la mayoría de las personas de la radioactividad natural proveniente de las rocas, la tierra y los materiales para la construcción y rayos cósmicos. Eso puede tener sentido en épocas normales, pero significa que en una crisis la gente tiende a asumir que la exposición por encima del límite es peligroso. El problema para las autoridades es que casi es imposible determinar exactamente hasta qué punto será más seguro alejar a una población de la radiación o limitar su exposición, por ejemplo, cerrando escuelas o manteniendo a los niños encerrados en sus casas. Esas medidas mismas tienen riesgos para la salud: la evacuación puede provocar la muerte de los ancianos y elevar el desempleo entre los jóvenes. Si se interrumpe la educación, se puede estropear la futura carrera profesional de los niños. Al perderse el hábito de hacer actividad física, las personas son más vulnerables a la obesidad y a contraer enfermedades.
Evacuadas o no, las poblaciones afectadas son vulnerables a sufrir estrés, debido a los temores que normalmente surgen en torno a los efectos lentos y silenciosos de la radiación y a la asociación con la guerra nuclear.
En el largo plazo, para dar con la respuesta verdaderamente efectiva a un accidente nuclear se necesitará de un mejor conocimiento de los riesgo de la radiación, lo que permitirá a la gente compararlo con otros peligros que asumen diariamente.

lunes, 17 de octubre de 2011

FAUNA.

La fauna de Japón es escasa aunque cuenta con al menos 140 especies de mamíferos, 450 especies de aves y una amplia variedad de reptiles, batracios y peces. El único primate mamífero es el mono de cara roja, el macaco japonés, que se encuentra en todo Honshū.
Entre los carnívoros destacan el oso rojo, el oso negro y el oso pardo. Son frecuentes los zorros y tejones y otros animales con pelo, como el jabalí, la marta, el visón japonés, la nutria, la comadreja y distintas variedades de focas.
Las liebres y los conejos y otros roedores como las ardillas, las ardillas voladoras, las ratas y los ratones son numerosos, aunque no hay ratones caseros. Hay muchas variedades de murciélagos; entre los insectívoros destacan el topo japonés y la musaraña. De las dos especies de ciervos la más común es el pequeño ciervo japonés, que tiene el pelo blanco moteado en el verano y pardo en invierno.
El gorrión, la golondrina casera y el tordo son las aves más comunes de Japón.
Las aves acuáticas constituyen casi el 25% de las especies conocidas y aparecen especies como la grulla, la garza, el cisne, el pato, el cormorán, la cigüeña y el albatros. Las aves canoras son numerosas; el camachuelo y dos variedades de ruiseñores son los más conocidos. Otras aves comunes son el petirrojo, el cuco, el pájaro carpintero, el faisán y la paloma.


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FLORA.

Los veranos húmedos y cálidos son la causa de la gran variedad y exuberancia de la flora japonesa.
Se pueden encontrar más de 17.000 especies de plantas con o sin flores, muchas de ellas muy cultivadas y muy populares, como los ciruelos blancos y rojos, los cerezos, azaleas... En especial, los crisantemos, la flor nacional de Japón. Hay pocas flores silvestres.
La variedad de árboles predominante en Japón es la conífera; una especie común es el sugi, o cedro japonés, que puede alcanzar los 46 m de altura. Otras perennifolias notables son el alerce, la pícea y muchas variedades de abetos. En Kyūshū, Shikoku y el sur de Honshū crecen árboles subtropicales como el bambú, el árbol del alcanfor y el árbol de la cera, y se cultiva la planta del té. Los árboles del centro y del norte de Honshū son los típicos de la zona templada, como hayas, sauces, castaños y coníferas; el árbol de la laca y la morera se cultivan extensivamente y el ciprés, el tejo, el boj, el acebo y el mirto son abundantes. En Hokkaidō la vegetación es subártica y similar a la del sur de Siberia; la pícea, el alerce y el abeto meridional son los árboles más comunes, aunque hay ejemplares de alisos, álamos y hayas.
Los japoneses practican un tipo único de jardinería paisajística, en el que reproducen en miniatura los paisajes naturales de forma estilizada.
Los frutales más comunes en Japón son los melocotoneros (durazneros), los perales y los naranjos.


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